No partía de cero. Desde hacía tiempo sabía que la luz de las pantallas no era buena, especialmente por la noche. Había leído sobre la luz azul, sobre cómo afecta a los ojos y sobre su impacto en el sueño. Por eso llevaba años usando el modo noche del móvil, bajando el brillo y tratando de no abusar del portátil o la televisión antes de dormir.
En teoría, estaba haciendo lo correcto.
Y aun así, cada mañana me despertaba con la misma sensación incómoda: había dormido, pero no había descansado.